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martes, 21 de agosto de 2012

Los estudiantes coreanos y su infelicidad


Corea del Sur es un país de éxito por su ascenso económico en las últimas décadas, progreso basado especialmente en la excelencia en la educación. Sin embargo, otros indicadores revelan el lado oscuro de ese cambio: un porcentaje muy bajo de satisfacción con la propia vida (36% frente a una media del 59% en la OCDE), poca confianza en las instituciones políticas y la tasa de suicidios más alta de la OCDE (31 por 100.000). De fondo, un paisaje de competitividad feroz en el mundo laboral y más aún en la educación.

En 2010, según datos del propio Ministerio de Educación, 146 estudiantes se suicidaron en Corea del Sur, incluidos tres de primaria. En un país donde el suicidio está bastante anclado en la cultura, se puede conjeturar que no todos los casos estuvieran relacionados con el asfixiante sistema educativo.

Pero el propio gobierno de Seúl comienza a dar signos de preocupación. Sobre todo, después de que las últimas muertes salpicaran al Kaist (Instituto Avanzado de Ciencias y Tecnología, en Daejeon), una de las instituciones universitarias más prestigiosas del país. En unos meses se han suicidado cuatro estudiantes y un prestigioso profesor, aunque este último caso parece estar relacionado con una acusación de posible malversación de fondos que estaba siendo investigada.

Los suicidios de estudiantes han empezado a preocupar al gobierno de Seúl
La obsesión por entrar en las mejores universidades

Aunque los suicidios afectan también a la enseñanza secundaria, se concentran en los estudiantes universitarios. En Corea el 80% de los jóvenes van a la Universidad, pero lo importante es ingresar en una institución prestigiosa. Aunque existe una prueba general de selectividad para entrar en la enseñanza superior, cada vez es más frecuente que las universidades –más del 70% son privadas– exijan a los postulantes superar un examen propio. Estas pruebas se conocen entre los estudiantes como Sihom chiok, el infierno de los exámenes, y pueden determinar en gran medida la futura vida profesional e incluso social de los estudiantes.

El objetivo para muchos de ellos consiste en obtener plaza en alguna de las tres universidades punteras del país, conocidas por las siglas SCY: la Universidad Nacional de Seúl, la Universidad de Corea y la Universidad de Yonsei. Titularse en una de estas tres significa prácticamente asegurarse un futuro próspero.

También el caso del Kaist resulta paradigmático de la evolución del sistema educativo surcoreano en apenas tres décadas. Se ha convertido en una universidad de referencia en el mundo de la tecnología. Para seleccionar a sus alumnos –solo acepta 1.000 nuevos al año– realiza una prueba propia centrada en conocimientos científicos, por lo que la mayor parte de los que ingresan ha estudiado en escuelas especializadas en este campo.

La exigencia continúa una vez se ha ingresado. Por iniciativa del actual rector, un surcoreano que impartió clases durante muchos años en el MIT, por cada centésima que las calificaciones bajen del 3 –sobre una puntuación máxima de 4,2–, los estudiantes deberán pagar un aumento en la matrícula. Hay que decir, no obstante, que para los demás el coste de su educación corre a cargo casi íntegramente de la universidad.

Muchos creen que la presión que supone esta medida está detrás de los suicidios de los cuatro estudiantes. Tras la muerte del último de ellos, el consejo de estudiantes emitió un comunicado en el que se expresaba esta inquietud: “estamos atrapados en una competencia implacable que nos ahoga”.

Jornadas escolares extenuantes

En los estudios comparativos internacionales, como el PISA, los estudiantes coreanos de 15 años son los primeros en comprensión lectora (PISA, 2009), los terceros en matemáticas y los décimos en ciencias (PISA, 2006). Pero esto es a costa de una gran presión sobre el estudiante.

La obsesión por ingresar en una de las mejores universidades traslada esa competencia hasta la educación secundaria, y explica la llamativa recurrencia a centros privados que complementan la enseñanza escolar, los llamados hagwon.

Los hagwon son instituciones privadas, a veces parte de una cadena y a veces independientes, que ofrecen un complemento educativo en distintas materias en las que se especializan. No es infrecuente que un mismo alumno asista a varios hagwon, además de la enseñanza reglada, para reforzar distintas áreas, con lo que la jornada del estudiante se alarga a veces hasta la noche.

Algunos expertos ven en los hagwon la causa de los espectaculares resultados cosechados por los estudiantes surcoreanos. El sistema de enseñanza reglada establece una carga de unas 900 horas lectivas anuales, en la media de la OCDE. Pero, sumadas a las que pasan en los hagwon, conforman unas jornadas escolares que llegan con frecuencia a las 11 horas diarias.

Se ha criticado a los hagwon por provocar un círculo vicioso en la educación: los estudiantes acaban exhaustos sus jornadas en los hagwon, por lo que al día siguiente rinden menos durante sus horas de enseñanza reglada, de tal forma que cada vez se hacen más dependientes de lo que aprenden fuera de las aulas.

También se critica a los hagwon porque incentivan las diferencias educativas entre ricos y pobres. Las familias coreanas gastan más dinero en clases particulares y academias que las de ningún otro país de la OCDE. Sin embargo, la mayor parte llevan a sus hijos a estas instituciones, aunque para eso tengan que apretarse el cinturón.

La excelencia, empresa nacional

Esta mentalidad está influida por el pasado reciente del país. Muchos de los padres que ahora presionan a sus hijos para que accedan a una de las mejores universidades crecieron en un clima de penuria económica y educativa, como consecuencia de la ocupación japonesa y de la posterior guerra civil. El “milagro coreano” de la segunda mitad del siglo XX ha dejado en la psicología de sus habitantes una fuerte determinación de lograr la prosperidad económica, casi al precio que sea, y entienden que la educación es el primer paso.

La creación de escuelas especializadas en ciencia y tecnología, o el empeño en mimar a los superdotados, que llevó a aprobar una ley específica en 2000, son muestras del interés del Estado por explotar al máximo sus “recursos humanos”, en un país con escasos recursos naturales. La excelencia educativa se ha convertido en una empresa nacional, y el patriotismo de los surcoreanos ha reforzado la responsabilidad de “estar a la altura de la nación”.


A esto se unen otros factores culturales, como el sentido de respeto, casi veneración, del que gozan los padres y los profesores en la tradición coreana: “No debes pisar ni siquiera la sombra del maestro”, dice un refrán surcoreano. Los hijos y alumnos se imponen la obligación de no defraudar las expectativas depositadas en ellos, y esa imposición a veces acaba ahogándolos.

Un problema de prioridades

Con todo, la brutal competitividad del sistema no explica por sí sola la alta tasa de suicidios ni la insatisfacción general con la vida que cunde en Corea del Sur. El suicidio ha tomado carta de naturaleza en la cultura surcoreana, y se ha convertido en una solución demasiado habitual para todo tipo de frustraciones.

Un ejemplo es la ola de suicidios que siguió al de Cho Jin-Shil, una de las actrices más populares de la televisión surcoreana, a la que muchos jóvenes habían convertido en el icono de la juventud de Corea del Sur. En octubre de 2008 la famosa actriz y modelo apareció ahorcada en su casa. Tenía solo 39 años. Durante el mes posterior a su muerte se produjeron más de 700 suicidios que la policía relacionó con el de la actriz.

La soledad y el estrés generados por el frenético tren de vida, y la fuerte autoexigencia inciden especialmente en grupos sociales como el relacionado con el espectáculo o el de los estudiantes. En el comunicado que algunos alumnos del Kaist leyeron después del cuarto suicidio se podía leer: “ni siquiera pudimos dedicar 30 minutos a nuestros atribulados compañeros de clase por culpa de los deberes”; y en una pancarta que portaban algunos compañeros durante el acto de despedida a la tercera víctima, los estudiantes se quejaban: “no tenemos ningún espacio para compartir nuestras dificultades con amigos”.

Pero¿no podrían haber decidido dedicar esos 30 minutos a sus compañeros, aunque fuera a costa de bajar un poco sus notas?, ¿no señala esto una obsesión con el éxito?

La dura realidad es que solo el 80% de los surcoreanos creen conocer a alguien a quien acudir en momentos de necesidad. La media de la OCDE está en el 91%. No parece que la cirugía estética, ni las mejores universidades, ni los gigantes industriales como Samsung o Hyundai puedan echar una mano a ese otro 20%.





La mujer tailandesa y la violencia domestica


Khun Areewan, figura televisiva, experta en Derecho constitucional y ex Miss Tailandia, siempre ha sido un símbolo de glamour e inspiración.   
Además, a medida que cada vez más personas descubren que ella también fue víctima de violencia doméstica, se ha convertido en un símbolo de fuerza y desafío.
“Desde pequeña me criaron en una estructura familiar tailandesa donde las mujeres no son iguales que los hombres,” dijo. “Mi novio quería casarse. Se lo presenté a mis padres. Fue entonces que comenzó a golpearme. En esa época yo creía que esa era su forma de quererme.”
Durante años aceptó el abuso. Como muchas mujeres en su situación, buscaba excusas para lo que estaba sucediendo. Pero un día se armó de valor para irse. 
“Me di cuenta que era víctima de violencia doméstica. Así comenzó mi interés por los asuntos de la mujer.”
Al mismo tiempo que se recuperaba, se daba cuenta que muchas otras mujeres habían sufrido lo mismo que ella. En ese momento decidió contar su historia públicamente. A los gobiernos, partidos políticos, grupos de mujeres, revistas, programas de televisión –donde podía contar su historia, lo hacía.
Su activismo y su voz fueron parte de un movimiento de apoyo que condujo a la aprobación de la primera ley sobre víctimas de violencia doméstica en la historia de Tailandia.
La violencia doméstica ahora es un delito. Las mujeres que la sufren pueden llevar a sus agresores ante la justicia. Durante los últimos tres años, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo junto con otras agencias de la ONU, está trabajando con el Gobierno Real de Tailandia para implementar la ley eficazmente. Esto incluye el establecimiento de un sistema de monitoreo y denuncia, y el uso de campañas públicas para concientizar sobre temas de violencia doméstica.
Comprometer a mujeres como Khun Areewan es crucial para inspirar a otras a denunciar casos de abuso y buscar ayuda.
“El primer desafío es cambiar la estructura de la sociedad tailandesa, explicó, Areewan. “Los hombres siempre se perciben con más estatus.”
La cantidad de casos de violencia contra mujeres, niños y niñas denunciados está en aumento, de 11.542 en 2005 a 13.550 en 2006. De acuerdo con el Servicio Integral de Emergencia del Ministerio de Salud Pública, hubo más de 19.000 denuncias de casos de abuso violento contra mujeres, niños y niñas, 80 por ciento se trataban de violencia doméstica. La mayoría de los autores de violencia doméstica son esposos, amantes o parientes -a menudo bajo la influencia del alcohol y las drogas.
Khun Nareerat brinda apoyo a mujeres golpeadas desde 1998. Esto incluye asesoría, asistencia legal, un lugar donde alojarse e incluso una comida caliente. 
“Durante los dos últimos años, trabajamos con varias organizaciones en muchas provincias y descubrimos que las personas conocen la Ley sobre Violencia Doméstica, pero hay obstáculos para su implementación,” dijo Nareerat.

Agregó que a pesar que se están denunciando más casos a la policía y en hospitales, aún queda mucho por hacer para aumentar la capacidad de las autoridades para responder eficazmente. 
Para abordar la violencia contra la mujer – y las relaciones de poder desiguales entre hombres y mujeres – en forma eficaz, también es crucial tratar las desigualdades de género en general.
“Las mujeres tienen un papel importante en la economía tailandesa, y Tailandia tiene buenos antecedentes de compromiso con la equidad de género. Sin embargo, las mujeres no siempre tienen el mismo estatus que los hombres en su rol en la sociedad,” dijo Gwi-Yeop Son, Coordinadora Residente de la ONU y Representante Residente del PNUD en Tailandia.
Con la promulgación de la ley que prohíbe la violencia doméstica, y mujeres como Khun Areewan que continúan hablando públicamente sobre este tema, en Tailandia la violencia doméstica ya no puede ser ignorada.




La mujer iraní. Cada vez más presente en la sociedad


Aunque resulte paradójico, treinta años después del triunfo de la revolución islámica en Irán las mujeres están ahora más presentes en la sociedad iraní, decididas a seguir con la lucha para lograr sus derechos.
Responsables oficiales y miembros de los grupos de oposición y de defensa de los derechos humanos coinciden en un punto, aunque con diversos matices.
Pese al panorama que se percibe en el exterior, el estatus de la mujer en Irán ha avanzado en las últimas tres décadas, incluso más que en muchos de sus vecinos árabes.
"Es verdad que existen leyes que deben cambiar, pero cualquier persona objetiva puede decir que la mujer en Irán ha progresado", asegura a EFE Nerghes Mohamadi, abogada adscrita a la organización pro derechos humanos fundada por la premio Nobel de la Paz iraní, Shirin Ebadi.
"Las mujeres iraníes han entendido que tienen derechos. Solo esto es ya un gran avance", explica Mohammadi.
Las estadísticas parecen confirmar este aserto: en 1979, año del triunfo de la revolución islámica, únicamente el 17,5 por ciento de los estudiantes universitarios iraníes eran mujeres. En 2008, este porcentaje asciende al 60 por ciento.
"Aún queda mucho por avanzar", puntualiza Abdul Fatah Sultani, abogado que trabaja asimismo con el grupo fundado por Ebadi, primera mujer que alcanzó el puesto de juez en Irán.
"Las mujeres iraníes han hecho grandes esfuerzos para equiparar sus derechos a los de los hombres y han logrado importantes éxitos tanto antes como después de la Revolución Islámica", explica Sultani a Efe.
"Sin embargo todavía existe una gran distancia entre lo que han logrado y lo que deberían tener", como en el resto del mundo, precisa.
La llegada en 2005 del gobierno del actual presidente, el conservador Mahmud Ahmadineyad, supuso un freno y en muchos casos, "un retroceso".
Aún así, la lucha del feminismo iraní no ha cesado, ya sea desde las trincheras o desde los pocos espacios públicos que han sido conquistados.
En 2005, la abogada Shadi Sadr fue encarcelada tras fomentar una campaña bajo el nombre "un millón de firmas" para frenar en el Parlamento iraní una serie de leyes consideradas machistas.
Las páginas web y blog femeninos florecieron en la red -se calcula que casi la mitad de bitácoras que existen en persa han sido abiertas por mujeres- así como asociaciones que lograron eco internacional.
"Los problemas de la mujer en Irán se deben, sobre todo, a la cultura machista que ha gobernado en esta tierra durante miles de años y en parte a una serie de leyes discriminatorias que fueron establecidas hace ochenta años", asegura Sultani.
"Hasta hace medio siglo, muchas mujeres estaban privadas de estudios superiores, pero ahora más del 65 por ciento de los que acceden a la universidad son mujeres", afirma.
La controversia, aseguran los expertos, es que este alto porcentaje no tiene reflejo en el mercado laboral, donde las mujeres están poco presentes.
Según el censo de 2006, solo un 15 por ciento de las féminas iraníes tiene un trabajo remunerado, y poco más del 4 por ciento ejerce un cargo de responsabilidad.
Similar análisis realiza Mohamadi, quien apunta a cuestiones como la desigualdad de trato en el divorcio o la herencia donde las leyes deben avanzar.
En el horizonte, la duda de que corriente triunfará en las elecciones presidenciales previstas para el próximo mes de junio.
"Pese a la frustración de su anterior mandato, yo creo que las mujeres volverían a votar de forma masiva a Jatamí si finalmente concurre", apostilla.



http://www.webislam.com/articulos/35723-la_mujer_irani_cada_vez_mas_presente_en_la_sociedad_aunque_queda_camino.html

martes, 10 de julio de 2012

Cronica: Afganistán se olvida de las mujeres

Las mujeres afganas son víctimas de una mentalidad medieval. No existen leyes ni justicia, sólo tradición y la voluntad inapelable de unos hombres embrutecidos por 30 años de guerras que se amparan en el nombre de Dios para ejercer la violencia. En muchas zonas rurales se rapa el pelo a los niños durante la celebración de las bodas con la esperanza de que su fealdad les salve de una violación, a menudo por parte de un familiar. Ocho de cada 10 mujeres sufren violencia doméstica y un 60% es obligada a contraer matrimonio antes de cumplir 18 años, según datos de Naciones Unidas y de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán. El presidente Hamid Karzai, financiado por la comunidad internacional -incluida España-, aprueba leyes que permiten a los maridos chiíes castigar a sus esposas sin comida si éstas no les complacen sexualmente.
"El burka no es el problema si es ella quien decide libremente llevarlo", afirma Fatana Ishaq Gailani, premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 1998 y presidenta de una ONG que defiende sus derechos. "El gran problema de las mujeres afganas es el trato inhumano que reciben. Nadie las protege de la violencia. Ni el Gobierno ni la comunidad internacional han hecho nada en ocho años por cambiar la situación. Es imposible condenar a nadie por violación; los jueces liberan a los acusados tras el pago de un soborno. La mujer afgana apenas tiene acceso a la educación y en las zonas rurales vive en condiciones de extrema pobreza".
Faima tiene 23 años, es de Kabul y afortunada: pudo terminar la enseñaza secundaria, algo vedado al 95% de las niñas que inician la escuela. Aguarda su turno en una sala del centro ortopédico que el Comité Internacional de la Cruz Roja tiene en la capital desde 1988. Es por su hijo Rahnan, con una malformación en el pie. "No me gusta el burka. Me siento en una cárcel y debajo hace mucho calor. El hiyab es la prenda que exige mi religión y es la que llevo sobre la cabeza. Mucha gente piensa así en Kabul, pero sé que en las provincias es diferente. Allí, muchas mujeres tienen que llevar el burka por fuerza".
Salima es una de ellas. Procede de la norteña provincia de Takhan y lleva el burka levantado sobre la frente. Al principio se niega a conversar. Dice que necesita el permiso de su marido. Con la ayuda de una de las fisioterapeutas accede cubriéndose la boca con los pliegues: "Nadie me obliga a llevarlo. Debajo de él me siento más segura. No me gusta que los hombres me miren en la calle".
Malalai Joya tiene 35 años y es una de las 64 diputadas del Parlamento, pero no puede acudir a su escaño porque fue expulsada pese a que la ley no contempla esa posibilidad. Está amenazada de muerte y vive en la clandestinidad. En su caso, el burka es un seguro de vida. "La mayoría de nuestros políticos y parlamentarios son unos narcotraficantes y criminales de guerra que deberían ser detenidos y llevados ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya", explica en uno de sus refugios. Opiniones como ésta, que expresó en la Loya Jirga (Gran Asamblea) en 2003, le han colocado en la mira de demasiadas armas.
"La situación de la mujer en Afganistán es un infierno", prosigue. "Muchas optan por el suicidio para escapar de la violación legalizada en la que se han convertido muchos matrimonios. No pueden salir sin permiso de sus maridos. Tampoco educarse. Vivo en un país de misóginos que temen a la otra mitad. Dicen que somos el 25% de los diputados, pero es mentira: las mujeres apenas pueden hablar en el Parlamento, son insultadas y atacadas. A mí, por ejemplo, me intentaron violar. Las cosas no han cambiado desde que se fueron los talibanes y el país fue ocupado por tropas extranjeras". Malalai maneja papeles y muestra fotografías; es una mujer entregada a una causa. "Sé que un día me matarán. Ya lo han intentado cinco veces, pero no me voy a rendir", dice.
Sdika tiene 12 años. Se levanta a las seis de la mañana. Una hora después entra en el colegio pero a las diez debe regresar a su casa para ayudar y hacer la comida. Le gustaría ser pintora. Dibuja jardines y casas grandes. Deben ser sus sueños desde un Kabul envuelto en una neblina de polvo y arena que daña los ojos. Dice que no le gusta el burka. "No me lo pondré hasta que me case. Después dependerá de lo que decida mi marido".
La diputada Fawzeja Kofi se queja de que los candidatos a la presidencia no han dedicado su atención a los problemas de la mujer. También cree que el burka no es el problema, sino la representación del problema. Confía en que los jóvenes y las nuevas tecnologías rompan el cerco. "Poco ha cambiado la calidad de vida de las mujeres desde la salida de los talibanes. Aquí se mata a la mujer por ser mujer. Sólo en Kabul hay 60.000 viudas que deben llevar el peso de la casa y que carecen de derechos. La única vía es la educación, que el 85% de mujeres analfabetas aprenda a leer y a exigir sus derechos. Tenemos un Gobierno corrupto que lo único que ha hecho es legalizar la tradición. Vivimos en una cultura de la impunidad que nada tiene que ver con la sharia [ley islámica]".




http://elpais.com/diario/2009/08/24/internacional/1251064801_850215.html

lunes, 26 de marzo de 2012

Camboya impone un perfil de marido ideal extranjero


Menor de 50 años y con un salario superior a 2,500 dólares al mes son, a partir de ahora, los requisitos mínimos que debe cumplir cualquier hombre extranjero que pretenda casarse con una mujer camboyana.
El Ministerio de Asuntos Extranjeros ha enviado una orden a la Oficina de Matrimonios Internacionales para que rechace a cualquier pretendiente forastero que no cumpla con alguno de estos dos requisitos en una medida que pretende evitar el tráfico de personas y garantizar que el enlace es “honesto”.
“Queremos evitar los matrimonios falsos que llevan al tráfico y a la explotación de las mujeres camboyanas”, asegura a Efe Chou Bun Eng, secretaria de Estado del Ministerio del Interior y responsable de la citada Oficina.
Los dos requisitos son además los primeros de una lista que
el gobierno camboyano prevé ampliar en el caso de que las medidas tomadas no tengan los resultados deseados.
“Estamos probando, intentando ver qué podemos hacer para terminar con el tráfico de personas, pero es posible que se añadan nuevos criterios”, continúa la secretaria de Estado.
Vincent Broustet llevaba un tiempo pensando en casarse con su pareja, una camboyana dos décadas más joven que él, que ha sido su compañera durante los últimos cuatro años.
“Nosotros hacemos una vida juntos y quería que ella pudiera heredar todo en caso de que a mí me pasara algo”, asegura entre las pinturas que le sirven para obtener su principal fuente de ingresos.
Vincent sabe que tiene pocas posibilidades de poder casarse ya que está a punto de cumplir 50 años y sus lienzos casi nunca le reportan grandes cantidades de dinero al mes.
“Quieren defender a las mujeres pero las están denigrando. Las venden sólo al mejor postor, al que más dinero tiene”, afirma el artista francés quien añade que la cifra requerida es “ridícula” en un país donde el salario medio es de 50 dólares mensuales.
Sarim, una joven camboyana de 23 años, tampoco cree que la estén protegiendo con una medida “que no entiende de relaciones” sino de imponer restricciones “sin sentido”.
Su piel es de color chocolate muy oscuro, lo que le ha
ocasionado problemas para encontrar pareja, en un país donde la belleza se asocia con la tez pálida.
Desde hace casi un año sale, sin embargo, con un hombre suizo que no la ha menospreciado por su color de piel y con quien quiere casarse algún día.
“Nosotras tenemos derecho a decidir con quién queremos estar. Sabemos lo que hacemos”, asegura la joven perdiendo su enorme sonrisa por un momento.
Su novio, Buzz, de 42 años, se muestra menos preocupado ya que su bar le da dinero suficiente como para entrar dentro del perfil de candidato ideal, pero no está de acuerdo con la medida.
“Es una discriminación. Están diciendo que todos los extranjeros somos malos sólo porque algunos lo han sido”, asegura este suizo que llegó a Camboya hace un año y medio.
Con este singular proceso de selección el Gobierno camboyano pretende evitar escándalos como el que ocurrió en 2008, cuando varias denuncias por maltratos pusieron al descubierto una red de tráfico que envió a decenas de jóvenes camboyanas a contraer matrimonio en Corea del Sur.
La nueva ley no afectará, sin embargo, a las mujeres extranjeras que deseen casarse con hombres camboyanos ni a los matrimonios que se materialicen fuera de las fronteras del país asiático.
En 2008 el gobierno camboyano aprobó una moratoria sobre los matrimonios internacionales que levantó ocho meses después, mientras que en febrero de 2010 prohibió de forma temporal los matrimonios con hombres procedentes de Corea del Sur.

La mujer camboyana



El 8 de marzo está establecido como día de fiesta en Camboya dedicado a las mujeres, como en muchas partes del mundo. En este reino ancestral tan sufrido en su historia, la mujer ocupa un puesto especial y, a la vez, ha sido objeto de dolores. En tradición, es importante resaltar que la cultura jemer no es machista como pueden ser acusadas otras naciones en el planeta. Más bien y al igual que la cultura tai, vietnamita o china, los jemeres tienden a ser matriarcales. Es claro en la historia que en casa el gobierno lo tiene la madre y en la calle el hombre. Cuando visitas el mercado popular o cualquier negocio, se ve siempre como encargada de la administración, a la señora. Pero ¿por qué entonces existen tantos reportes negativos sobre la mujer camboyana si esto es así? Intentemos algunos acercamientos.
Antes que nada es importante recordar que Camboya sigue siendo un país en post-guerra. En 1991 se firmó el Tratado de Paz en París en el cual Vietnam retiraba sus tropas y las Naciones Unidas establecían un mandato transitorio (UNTAC) que prepararía la nación a las primeras elecciones democráticas tras años de macabra violencia.
Desde entonces, Camboya está en un periodo de recuperación y reconstrucción que no implica sólo las infraestructuras, sino elementos aún más importantes como la cultura, la estructura social, la moralidad y muchos otros elementos destruidos en dos décadas de intensa violencia.
Una de las hecatombes del país en esos años fue la reducción acelerada de la población masculina. Niños, adolescentes, jóvenes, adultos e incluso ancianos, sacrificados en los campos de batalla de bando y bando o forzados a huir del país si querían sobrevivir. Cuando comenzó dicha recuperación en 1991, Camboya era un país literalmente de niños y mujeres. La reconstrucción entonces la comenzaron a hacer huérfanos y viudas con la ayuda internacional. Este hecho explica una actitud natural de protección y sobreprotección de los muchachos por parte de los adultos, especialmente de las madres, como un temor inconsciente a perderles de nuevo en una guerra que ya terminó, pero que vive aún en el recuerdo. De ahí que hoy por hoy la adolescencia masculina en Camboya parezca extenderse en cierta manera hasta los 25.  
Según Licadho, una organización para la defensa de los derechos humanos, los años de guerra dejaron como herencia una actitud violenta cuyas principales víctimas fueron entonces los niños y las mujeres.
La nueva constitución de 1993 que restableció el reino bajo el sistema constitucional, anotó a Camboya dentro de la legislación internacional para la protección de los derechos de la mujer, garantizando las mismas condiciones de equidad en sociedad. Claro: derechos establecidos en el papel. Tendrían las camboyanas mucho terreno que recuperar para que esto fuera realidad. Por ejemplo, todavía en 2012 las obreras reciben salarios inferiores (pdf) al de los varones.
El bajo número de varones adultos todavía hasta el 2000 y el gobierno transitorio de UNTAC que ingresó al país con millares de extranjeros (20 mil soldados, varones jóvenes y solteros), hizo que muchas camboyanas se casaran con muchos de estos, pero también generó el problema de prostitución y con él se creó un nuevo campo de exterminio: el tráfico humano, especialmente infantil y de la mujer.
Camboya como poseedora de reliquias arqueológicas de valor universal como los templos angkorianos, vio con ambición el desarrollo de la industria turística internacional como un medio de recuperación económica, la cual en efecto tuvo su crecimiento a partir de 2004 con una mejora notable en las infraestructuras del país, especialmente vías y oferta hotelera. Ello atraería centenares de extranjeros, muchos de ellos pensionados mayores de 50 que abrieron las puertas al turismo sexual y con él la vulnerabilidad de niños y mujeres. Leyes tendientes a reducir el efecto negativo se han dado de manera paulatina y con la ayuda internacional, como la regularización de adopciones y la limitación de matrimonios con hombres extranjeros ancianos, esta última una ley bastante debatida.
La prensa nacional adelante en la actualidad una campaña que contabiliza las niñas y mujeres víctimas de rapto carnal, así como los casos de hombres extranjeros que son sorprendidos comprando prostitución infantil. Una línea telefónica establecida por ChildSafe invita a denunciar a personas que requieren sexo con menores de edad o que trafican con personas.
Lo cierto es que la educación es vital en la lucha de la defensa de los derechos de la mujer. No sólo la educación de la mujer misma, de las niñas, sino de los niños, jóvenes y sociedad en general. Los medios de comunicación han probado ser muy útiles en ello. Se requiere de una educación que nos piense como género humano único, en el cual todos tenemos los mismos derechos y deberes sociales y culturales, sin discriminaciones.